Desde Asia central hasta las islas del caribe, el cannabis ha acompañado a la humanidad en su expansión por todo el mundo. Culturas de todo nuestro planeta lo han adaptado a rituales, religiones y artes, siempre asociado al misticismo, la espiritualidad y el contacto con algún Dios.
Una de las acepciones de la palabra viaje se refiere al “estado resultante de haberse tomado una droga alucinógena”. Ese viaje que se realiza sin movimiento contradice la esencia misma de la acepción principal: “traslado que se hace de una parte a otra por tierra, mar o aire”.
La marihuana, además de haber propiciado numerosos viajes alucinógenos a sus consumidores, como especie botánica ha realizado un largo viaje a través del espacio y del tiempo, desde su lejana aparición en Asia Central hasta formar parte de las sociedades contemporáneas occidentales. Una larga y compleja historia que se puede recorrer a través de culturas que ocupan paisajes extremos.
Hay acuerdo sobre la domesticación de la planta del cannabis en el centro del continente asiático hace unos 14.000 años, en la Edad de Piedra, en el entorno del sur de Mongolia, en las tierras duras que se extienden entre los desiertos de Gobi y de Taklamakán y los Himalayas, en un espacio donde coinciden Kazajistán y Tayikistán, con Afganistán al oeste y la región china de Sinkiang al este.
El cannabis se expandió y viajó por las rutas comerciales de Asia Central y, hace unos cuatro mil años, se asomó al Mar de Japón por el este y a Oriente Medio por el oeste.
La planta del cáñamo se empleaba en origen para fabricar cuerdas y tejidos, aunque es poco probable que sus propiedades medicinales pasaran desapercibidas. El consumo en busca de sus efectos psicoactivos está acreditado al menos desde hace más de cinco mil años.
Se sabe que los escitas, fieros guerreros a caballo que procedían del territorio en el que nació el cannabis, inhalaban el humo que producían las semillas arrojadas a las brasas, costumbre que llevaron en sus campañas hasta el este de Europa: Rusia y Ucrania.
Desde el punto de vista cultural, la ruta más significativa de la marihuana es la que tomó hacia el sur, para afincarse en la cordillera del Himalaya, en las regiones que hoy ocupan Tíbet, Nepal y Bután, derramándose también las plantaciones por las laderas del sur de la cordillera, en India, donde ha permanecido su cultivo ancestral hasta nuestros días.
Su llegada a las costas del Mediterráneo
En el siglo séptimo, la expansión musulmana difundió la planta por la orilla sur del Mediterráneo hasta el Atlántico y la península Ibérica.
Se sabe que, en el imperio árabe, entre el siglo VII y el XIII, se consumía por placer el hachís, y es interesante la relación con la marihuana de las dos ramas principales del Islam. Mientras los chiitas rechazan los psicoactivos, los sunnís la emplean en ocasiones persiguiendo la relación directa con la divinidad.
Los navegantes del Sultanato de Omán, compañeros de Simbad el Marino, que dominaban las rutas comerciales del índico, extendieron el uso del cannabis por el este de África, desde puertos tan notables como Mombasa y Zanzíbar, antes de alcanzar, en el siglo XV, la actual Sudáfrica.
Desde las costas africanas, la marihuana emprendió su viaje a América en el siglo XVII, entrando por Brasil y dirigiéndose hacia el interior hasta colonizar la cordillera andina y dirigirse a Centroamérica, que la recibió en el siglo XIX. En esas fechas paralelamente también llegó al Caribe por otra ruta, viajando con los traficantes de esclavos procedentes del Golfo de Guinea.
El gran salto al sur de Estados Unidos se produjo en 1911, cuando acogió a los mexicanos que huían de la revolución. Desde allí conquistó el país que actualmente cuenta quizás con el mayor número de consumidores de todo el mundo.
El camino de la marihuana ha ido dejando un rastro de íntima relación con la medicina, la religiosidad y las artes. Las montañas de los Himalayas vieron nacer el hinduismo, y es sabido que uno de sus principales dioses: Shiva, es conocido como el Señor del bhang, la bebida a base de cannabis, leche, azúcar y especias que siguen elaborando en India, China, Tailandia y Birmania.
Esta bebida se vende en Benarés y en las ciudades de Rajastán, y se bebe durante el Holi, la fiesta popular más colorista del país.

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Es muy notorio y sabido que los hombres santos hinduistas, consumen charas, un concentrado de resina de marihuana, que emplean para favorecer estados de intenso misticismo.
En muchos de sus monasterios se pueden ver bolas de charas entre las ofrendas, y las mejores se supone que proceden de las plantas de Cachemira y del valle Parvati, aunque también se cultiva en aldeas perdidas a tres mil metros de altura.
Cuando los hippies visitaron la India, probaron charas fumado en la pipa de barro tradicional, el chilum, y desde allí extendieron su uso a Occidente.
Todas las religiones posteriores al hinduismo, el budismo, originario de la India, y el vecino taoísmo chino, mantuvieron el uso ritual de la marihuana que, en el siglo VII, se incorporó a las tradiciones tántricas del Tíbet y Nepal.
Nepal es una joya incrustada en el Himalaya, donde es un placer hacer senderismo de altura y observar crecer de forma espontánea la marihuana en las laderas de las montañas.
Incluso, al parecer de muchos estudiosos, el cristianismo inicial no escapa a la sospecha de una vinculación con los principios activos de la planta, ya que se cree que los óleos de unción contenían cannabis y que este habría influido en algunas curaciones milagrosas.
El movimiento rastafari, surgido en Jamaica en los años treinta del pasado siglo entre los descendientes americanos de los esclavos africanos, tiene una fuerte inspiración religiosa y está conectado con el consumo de ganja, según el nombre local para la marihuana que tomaron de la India.

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